Sobre el naufragio, todo es desgracia.
No hay nada que contar:
solo cadáveres flotando
en el frío amanecer de la memoria,
en el jardín perpetuo del olvido,
donde cada rosa que nace
muere con un par de nombres
bordados en los pétalos.
Como aquella flor
que anunció,
con un hilo de sangre,
todo lo que se venía.
Y aquel jardín de las maravillas,
que fue una florida llegada,
se volvió una palestra
dividida por el silencioso velo del adiós.
De aquel lado, los que ya no volverán.
De este, los que estamos.
Los de afuera;
de palo.
Sobre el naufragio no hay bitácora,
ni capitán que se hunda con el barco.
Tan solo las ratas,
haciendo lo que saben hacer.
Porque en el mar de la vida
naufragan solo los valientes:
los que le hacen frente a la tormenta,
los que no se esconden
del ingobernable mar de la vida,
los que no engañan con su vanidad,
pretendiendo haber cruzado mares,
y cuando llega la ola,
de golpe, no saben nadar.
Y se ven superados
por el ancho abrazo de la verdad
y del adiós.
Que zarpen ahora
las carabelas de la verdad
y que desaten las velas
de las consecuencias,
para que quede claro quién es quién
en este mar
de rencor escondido
y dudas.




